Dr. Raúl C. Mainar Jaime

Publicado 08 enero 2012

Conversando con...

Epidemiólogo. Unidad Sanidad Animal. Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (CITA) del Gobierno de Aragón

 

Las zoonosis suponen el 75% de las enfermedades emergentes o reemergentes (EER). Si el control de la salud animal se ha incrementado, ¿por qué este “repunte” de las zoonosis?

Son muchos los factores que han hecho resurgir, en algunos casos con fuerza, a las enfermedades de carácter zoonótico. Por un lado, en muchos casos se trata de infecciones que no afectan directamente a la salud de los animales. Los animales simplemente actúan como reservorios asintomáticos de la infección (p. ej. las aves con la campylobacteriosis o la salmonelosis). Esto dificulta su detección y favorece su dispersión y su paso posterior a la cadena alimentaria a través de la contaminación de los productos derivados de estos animales (carne, leche, huevos, etc.). Una mala praxis en el manejo de estos productos (p. ej. rotura de la cadena de frío, contaminación cruzada, inspección deficiente, etc.) acaba permitiendo que cientos o miles de personas queden expuestas.

Por otro lado el mayor control de las enfermedades propias del ser humano puede poner de relieve aquellas presentes en otros reservorios animales que son compartidas con el hombre.

Si, pero ese incremento de las zoonosis no sólo se debe a el consumo de alimentos contaminados…

Efectivamente, son muchos los factores que influyen de forma importante en su presentación y es difícil de resumir en pocas palabras. Por ejemplo, el cambio climático amenaza con incrementar el número de brotes de ciertas enfermedades o desplazar algunas de ellas a áreas en las que ahora se desconocen o fueron erradicadas (p. ej. la malaria a España). La actividad humana también ha favorecido el tráfico microbiano motivado por el incremento del transporte internacional y del comercio. Actividades como la urbanización creciente de áreas naturales, el turismo de aventura y la degradación medioambiental supone una clara intromisión del ser humano en áreas antes apenas conocidas y una mayor interacción hombre-animal. Así surgió el EBOLA (todavía muy circunscrito a ciertas zonas de África), o el SIDA, que claramente traspasó los límites geográficos africanos y se extendió por todo el mundo.

La migración internacional de personas, las nuevas tendencias del comportamiento humano (la presencia cada vez mayor de animales de compañía, perros, gatos, aves, reptiles, etc., en los hogares), el desarrollo de un mundo cada vez más interconectado a través del transporte y tráfico de personas, animales y mercancías, etc., son todo factores que facilitan la transmisión de zoonosis. A este catálogo se le debe añadir la posible actuación de terroristas que utilicen armas biológicas para sus acciones; pero, en cualquier caso, la preparación frente a esta amenaza no diferiría demasiado de la necesaria para enfrentarse a enfermedades emergentes no deliberadas

¿Algún factor más?

Uno a veces tan poco evidente como la sensación de seguridad que desarrollamos frente a enfermedades que hemos controlado o se suponen erradicadas y a las cuales dejamos de prestar atención. Por ejemplo la brucelosis porcina se considera una enfermedad emergente en Europa que está afectando principalmente al jabalí en varios países incluido el nuestro. De ahí al cerdo ibérico hay un pequeño paso.

También el simple hecho de desconocer la existencia de otras enfermedades es un motivo para pillarnos en desventaja si no se implementan adecuados sistemas de vigilancia. En esos casos la enfermedad puede tener un carácter explosivo, como ocurrió con el SRAS en Canadá en 2003. Este brote es un claro ejemplo de cómo el tráfico aéreo internacional se encargó de diseminar una infección entre países tan lejanos como China y Canadá en cuestión de horas.

Pero, ¿cómo se vigila algo que se desconoce que existe?

Aunque parezca mentira se puede. Generalmente las infecciones producirán algún síntoma clínico. Un sistema de vigilancia de síntomas clínicos, lo que hoy se denomina “Vigilancia sindrómica” puede ayudar. Si observamos una serie de casos no diagnosticados pero con una serie de síntomas comunes, y somos capaces de establecer una relación temporal o espacial entre ellos, es posible que estemos detectando un brote de algo.

Ello exige la implementación de un sistema de vigilancia de cierta complejidad con la creación de una red de información sanitaria mundial detallada. Ya existen herramientas en Internet sobre brotes de enfermedades (Promed mail) que pueden resultar muy útiles y que, por ejemplo, ayudaron a controlar el brote de SARS en la parte occidental de Canadá.

De esta manera, ¿podremos evitar la aparición de EER?

Difícil. La mayoría de las EER conocidas (salvo quizás la esperada pandemia de gripe aviar) han surgido antes siquiera de ser sospechadas. A día de hoy la única certidumbre que tenemos es que, de acuerdo con la tendencia observada, es más que probable la aparición para el año 2020 de una veintena de nuevas enfermedades emergentes en el mundo. De hecho, los expertos ya no hablan sólo de prevención, sino de preparación de las infraestructuras públicas para minimizar los efectos negativos de las EER en la sociedad. Así que más vale estar preparados.

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